Las grandes tragedias suelen revelar el verdadero carácter de las naciones. Más allá de las cifras de víctimas, de los daños materiales o de la magnitud de la destrucción, son las personas quienes terminan escribiendo las páginas más memorables de la historia.
El reciente doble terremoto ocurrido el pasado 24 de junio dejó una profunda huella de dolor, incertidumbre y pérdidas. Sin embargo, también permitió observar una de las mayores fortalezas de Venezuela: la extraordinaria capacidad de solidaridad de su gente.
Desde los primeros minutos posteriores al desastre, miles de ciudadanos acudieron espontáneamente a las zonas afectadas. Sin equipos especializados, sin maquinaria pesada y, en muchos casos, sin más herramientas que sus propias manos, comenzaron la búsqueda de sobrevivientes entre los escombros. La prioridad era salvar vidas, sin esperar instrucciones ni preguntarse quién debía hacerlo.
Ese comportamiento colectivo constituye una de las expresiones más nobles del espíritu venezolano. La resistencia, la resiliencia y el voluntariado surgieron de manera natural en comunidades enteras que decidieron enfrentar la tragedia con determinación y esperanza.
Seis días después del terremoto, esos mismos voluntarios continúan presentes. Ahora trabajan junto a especialistas nacionales e internacionales que han llegado para reforzar las labores de búsqueda, rescate y asistencia humanitaria. Su permanencia demuestra que la solidaridad no fue un acto impulsivo, sino un compromiso sostenido con quienes hoy más lo necesitan.
Pero la emergencia entra ahora en una etapa mucho más compleja.
La recuperación exige retirar los cuerpos aún atrapados, proceder a su identificación con el máximo respeto hacia las familias, informar oportunamente y garantizar una entrega digna. Paralelamente, es indispensable organizar eficientemente la distribución de alimentos, agua, medicinas, vestimenta y demás ayuda humanitaria; atender a miles de damnificados que han perdido sus hogares; ofrecer refugios temporales adecuados y comenzar la planificación de la reconstrucción de las comunidades afectadas.
A ello se suma una responsabilidad igualmente importante: administrar con absoluta transparencia las cuantiosas donaciones provenientes de ciudadanos, empresas, organizaciones sociales, gobiernos y organismos multilaterales de todo el mundo. La confianza pública dependerá, en gran medida, de que esos recursos lleguen íntegramente a quienes realmente los necesitan y de que exista una rendición de cuentas clara y permanente.
En medio de la tragedia aún se perciben signos de desconcierto, desorganización y ausencia de un plan integral que permita avanzar ordenadamente desde la fase de emergencia hacia la recuperación y, posteriormente, hacia la reconstrucción. Esta situación hace aún más evidente la necesidad de fortalecer los mecanismos de coordinación entre las instituciones públicas, la sociedad civil, la empresa privada y la cooperación internacional.
Precisamente, el sector empresarial venezolano ha comenzado a desempeñar un papel relevante. Desde todas las regiones del país, numerosos empresarios y organizaciones empresariales están movilizando recursos económicos, alimentos, equipos, transporte y propuestas para apoyar la respuesta a la emergencia.
En este contexto, la labor de Fedecamaras adquiere especial importancia al establecer contacto con organizaciones empresariales de otros países que poseen amplia experiencia en la atención de desastres naturales, particularmente con México, nación que ha desarrollado durante décadas valiosos protocolos de respuesta frente a terremotos. Ese intercambio de experiencias puede convertirse en un aporte fundamental para mejorar la coordinación de la ayuda y acelerar los procesos de recuperación.
Debo resaltar la alianza CAF, con la Cámara Petrolera y la Cámara Venezolana de la Construcción para apoyar el suministro de equipos con operadores y su operatividad y mantenimiento.
Hoy Venezuela vuelve a demostrar que su mayor riqueza no reside únicamente en sus recursos naturales, sino en la calidad humana de su gente. Cuando las instituciones enfrentan limitaciones, es el ciudadano quien da el primer paso; cuando escasean los recursos, aparece la solidaridad; y cuando la desesperanza amenaza con imponerse, surge un pueblo dispuesto a ayudar a otro venezolano sin pedir nada a cambio.
La reconstrucción demandará años de esfuerzo, inversiones importantes y una planificación rigurosa. Sin embargo, el principal activo ya está presente: un pueblo que no abandona a su pueblo.
Ese espíritu solidario constituye la mejor base para reconstruir no solo las ciudades afectadas, sino también la confianza, la esperanza y la convicción de que, aun en las circunstancias más difíciles, la unión de los venezolanos sigue siendo la mayor fortaleza de la nación.
Las tragedias no distinguen ideologías, posiciones políticas ni condiciones sociales. Frente al sufrimiento humano, la única respuesta válida es la unidad.
*@eromeronava
https://www.eluniversal.com/el-universal/236424/venezuela-un-pueblo-que-salva-a-su-pueblo
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